El cantar de los cantares

Tengo una tristeza que me empaña las gafas.

 
Paseo, lento y ansioso,
por las aceras de esta ciudad,
alma desolada.
Me tiro de cabeza a sendos rios,
que se forman a los lados
del lodoso asfalto,
manantial de lágrimas;
penoso rostro el mío,
cadenas de seriedad mis pelos.

 
Paseo y de no olerte a tí,
huele a calamares y chatos de vino,
a lluvia cayendo, a mercería
y pequeñas tiendas
de artículos de regalo.

 
Y en lo más profundo de mi sexo,
huelo tu sombra y tu vacío…
como siempre, superaré.
Pero necesito comerme un bocadillo
con queso, lo que sea y algo
de calor, para el aroma.

Antolín Álvaro Sanz

…antes de la debacle inspiracional.

“Vemos la luz del atardecer anaranjada y violeta porque llega demasiado cansada de luchar contra el espacio y el tiempo.”

Albert Einstein

“Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.”

Oliverio Girondo

“Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo.”

Eduardo Torres

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EL POEMA

Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.

Oliverio Girondo

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Espantapájaros (al alcance de todos), 1932.

Todavía recuerdo la primera vez que vi “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela. Noches mágicas llenas de libaciones de amistad… Y el escuchar recitar el poema anterior, fresco, sorprendente…

La obra poética de Girondo es una de las más profundas y originales que ha dado América Latina en el siglo XX. Y es el propio Borges quien afirma “me he sentido provinciano junto a él”. Oliverio Girondo (1891-1967) ocupa por su propia densidad, por su originalidad y personalidad, un lugar privilegiado en la historia de la literatura hispanoamericana. Suyo fue el manifiesto del grupo “Martín Fierro”.

La vida es un largo embrutecimiento. La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas; poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario; los mosquitos pueden volar tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles, y cuando deseamos viajar nos dirigimos a una agencia de vapores en vez de metamorfosear una silla en un trasatlántico.

Oliverio Girondo