Lluvia de estrellas

Cuanto más intento comprender la complejidad del mundo al que pertenezco, la diversidad de la vida, las relaciones humanas, buenas o malas, creo razonar que no todo es fruto del la casualidad, del orden dentro del caos, las leyes físicas.
Cada vez que me miro a los ojos delante/detrás de un espejo y pienso en lo complicado que ha de ser ajustar todas las partes de mi cuerpo para permitirme vivir, hasta me resulta casi necesario la existencia de un dios, quizá mezcla de todos los que el hombre ha inventado.
No aparece como una causa, sino como un fin, una explicación a todas esas acciones de las cuales nunca queremos hacernos responsables.
Intrigante es el hecho que me obliga a negar todo lo anterior: la situación creada por los sistemas educativos (mentira, por aquellos que, siendo iguales a nosotros, han tomado el poder de una u otra forma) que nos han estado engañando a favor de sus intereses. Me refiero, evidentemente, a curas y políticos, científicos y banqueros, pues es el dinero hijo de la misma madre que el poder.
Alzo la mirada allá donde no es posible vislumbrar ningún horizonte, envuelto en una fría madrugada, adquiero conciencia de que todo lo que podré llegar a tocar está bajo mis pies. El resto, lejano, es la belleza…de la simplicidad.

Antolín Álvaro Sanz

…cuando todavía era capaz de pensar mágicamente.

“La felicidad que cabe esperar no consiste en lograr el placer, sino en descansar del dolor.”

John Dryden

“Es muy fácil vivir haciéndose el tonto. De haberlo sabido antes me habría declarado idiota desde mi juventud.”

Fedor Dostoievski

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo.”

Aldous Huxley

“Cuando era joven me decían: “Ya verás cuando tengas cincuenta años”. Tengo cincuenta años, y no he visto nada.”

Erik Satie

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El asesinato de Pitágoras

pitagorasLibro que adquirí hace algunos meses, casi por deformación profesional, me llamó la atención el título y el hecho de que se presentase como una novela histórica en una época de la cultura griega que no debe estar demasiado bien documentada. De hecho, la vida y obra de Pitágoras (ya sea como ser real o como nombre que se dio a la escuela pitagórica), es mayormente un enigma.

Comentar también que el famoso Teorema de Pitágoras es bastante más antiguo que el propio Pitágoras, pues ya aparece en tablillas de la antigua Babilonia y en papiros de los egipcios. Por otro lado, y para quien le interese las Matemáticas y algunos enigmas de la antigüedad, le recomendaría el visionado de este documental que encontré curioseando por internet:

Comentaré qué me ha parecido su lectura en un posterior comentario, pero, investigando en la red, me encontré con la página que el autor tiene dedicada al libro y, al final, presenta un método que dice haber descubierto él mismo para relacionar el número pi con el Teorema de Pitágoras. Siendo yo licenciado en Física y profesor de Matemáticas en secundaria, puedo afirmar categóricamente que el método que el autor presenta en tal página es muchísimo más antiguo, con lo cual voy a empezar la lectura de la novela con un poco de resquemor y desconfianza.

Mañana de resaca.

Sentado en el banco de un parque, el ruido de fondo de la ciudad se va haciendo cada vez más imperceptible. Ahora el gris del cemento se ha transmutado al verde del césped. Los coches, petrificados, se han convertido en frondosos árboles de increíbles especies. Las vallas ya no son de ladrillos y de alambre, sino de rosales que, curiosamente, siempre están en flor. Todo resplandece de vivos colores, ante la silenciosa lluvia de fotones. Pero yo me escondo detrás de unas gafas de sol.
Aquí puede comprobarse la riqueza de personalidades de la colectividad humana, persistentes aún, a pesar de la actual tendencia uniformista. Personas mayores pasean con sus nietos, única prueba de su existencia en este mundo, esperando con tranquilidad (brota en mi consciencia la palabra resignación, mala semilla) su muerte. Pensarán, supongo, en lo maravilloso de la continuidad (una anciana toma de la mano a un pequeño niño, le está enseñando a dar sus primeros pasos). ¿Cómo de grande será una vida?¿Cómo se mide esa grandeza?
Los maduros, gente establecida, descansa y disfruta del frenético e inhumano ritmo (¿he dicho inhumano?, más bien impersonal, ese es quizás el término exacto) que la sociedad impone para la supervivencia, más o menos digna. Conversan con su pareja y dedican tiempo (¡qué término más equívoco!) a sus hijos, ofreciéndoles respeto y compasión, armas contra la extinción. Muchos niños son felices; no encenderán esa mañana la televisión.
También llegan los ecos de la juventud. Es la hora del “cañeo” y, como no, a mí también me apetecería comprar unos litros de cerveza y acompañarlos con algo de fumar, si tuviera a alguien a mi lado. Mas yo me refugio en mis divagaciones, altamente parecidas al razonamiento de un enfermo mental.
El constante susurro de los chorros de agua…
(acabo de comprender definitivamente que no hemos evolucionado en absoluto, ya no tenemos pelo en todo el cuerpo y hemos desarrollado una tecnología inusual en la naturaleza. Me pregunto: ¿de qué sirve todo eso si nos seguimos basando en los mismos instintos?
Una niña ha llegado hasta mi lado caminando a tropezones. Me ha dirigido una sonrisa en la que cabían todas las estrellas del Universo, ansiedades de poetas y luces del invierno. Sonriendo también, le he sacado la lengua, lo que ha hecho que se ría y salga corriendo hacia su padre, intentándole comunicar su impresionante hallazgo. Más tarde, ella ha visto acercarse a otra niña, un poquito mayor, con un carrito de muñecas. Sólo iba a observarlo, quizá a compartir algún sueño, pero la otra sólo ha sabido interponer sus manos y defender con frialdad lo que parece de su propiedad. ¿Es a esto a lo que quedamos reducidos?)
…se mezcla con los ritmos, poco trabajados, de algún timbal, símbolo de alternatividad y lucha en un mundo que podría, pero que no deja, expresar nuestros sentimientos más profundos. El arte muere a costa de la producción.
Me resulta extraño el hecho de no sentirme solo, a pesar de no haber hablado con nadie desde hace casi dos horas. Mi entorno ofrece paz, ofrece vida, posee algo desconocido que evita que me levante y vaya a cumplir con mis obligaciones (autoimpuestas, al fin y al cabo, por mi imaginación).
En realidad, es éste uno de los pocos estados en los que disfruto de la felicidad. Últimamente, he sentido cómo se hundían todos mis postulados bajo su propio peso, careciendo de sentido. En principio, me pareció que todo era resultado de varios sucesos acaecidos en mi vida, pero
ahora creo que no ha sido una regresión, sino un avance, doloroso (como todo cambio)…miento, me estoy negando a escribir lo que siento.
Me encuentro solo ante un mundo que no entiendo y que ni siquiera sabe de mi existencia. ¿Quién me acompaña en el dolor?¿Y en la alegría? Nadie. Las personas se acercan y se alejan de mí rápidamente, como estrellas fugaces en una noche de verano. Busco la eternidad y se que no la encontraré jamás. La muerte, la he encontrado, pero soy demasiado cobarde para hacer lo que quiero realmente.
El momento de felicidad se difumina, la estabilidad no tarda en desmoronarse. Quiero ser feliz pero no puedo serlo porque lo deseo, porque no espero a la vida, sino que la devoro mentalmente, oculto tras unas ojeras, redentor de mi propia persona.
Solo y loco; me hundo en mi timidez, en mi desgracia, en la falta de confianza en los demás y en mí mismo, que me hace huir de todas las situaciones, perdiéndome todo lo que me ofrece la vida, pues no actúo, presa del pánico. Tembloroso e incapacitado para moverme, pasas como un tren por mis ojos, llevándote muy lejos el sucio trapo que es mi alma. ¡Devuélvemela, límpia y perfumada!, por favor.
Me quedo solo y loco; hablando conmigo mismo, aparentando una demencia que no estoy seguro me pertenezca. Dudo del futuro (cada día más negro, cada noche más muerto), trato de olvidar el pasado, hermoso, mas duro y doloroso. Mientras tanto, malgasto mi presente a base de crisis infundadas, perdida ya toda fe, negado cualquier tipo de creencia. Sin ilusión, me es imposible alcanzar una meta.

Antolín Álvaro Sanz

…hace mucho, mucho tiempo.

El hombre que calculaba.

Escrito por el brasileño Júlio César de Mello Souza (Malba Tahan), “El hombre que calculaba” es un relato al estilo de las mil y una noche, pero llena de acertijos y juegos matemáticos.

Leído ya algunas veces, suelo utilizarlo como lectura en algunas de mis clases de matemáticas, pues es un buen libro de aventuras, matemáticas y creo que también sirve para potenciar la multiculturalidad y el respeto entre las personas de distintos lugares de procedencia.

Personalmente lo recomiendo a todos los que tienen una mente inquieta y juguetona. Y como dice el autor en las primeras líneas: “Y también a todos los que estudian, enseñan o admiran la prodigiosa ciencia de las medidas, de las funciones, de los movimientos y de las fuerzas”.